La Decisión

“Me llamo Diana, tengo 38 años y puede que solo me queden unos meses de vida”

Hacía frio en Madrid. El invierno llegaba tarde, pero había entrado con fuerza. Aunque parecía increíble, empezaban a caer pequeños copos de nieve sobre la marea de cabezas que cruzaba la Gran Vía aquel miércoles. Quizás un día cualquiera para esas cientos de personas, pero no para Diana. Llevaba un rato vagando por las calles, sin rumbo fijo, con los resultados del hospital en una mano y el teléfono en la otra. Su madre no paraba de llamarla para preguntarle cómo había ido la ecografía, si ya sabía el sexo del bebe. Sí, lo sabía, era una niña. Pero sabía algo más, tenía un tumor en el cuello del útero.

– Diana, hija, por fin me coges el teléfono…

– Hola mama

-¿Se puede saber qué estabas haciendo? ¡Qué me tienes en ascuas hija! Bueno que te han dicho, ¿Todo bien? ¿Es niña verdad? si ya lo sabía yo, esas cosas una madre las sabe.

-Sí, has acertado, es niña. Y todo bien ¿Te importa si te llamo luego? es que ahora estoy en la calle y no te escucho bien.

-Pero mira que eres… deberías estar dando saltos de alegría ¡Qué es una niña como queríamos! Está bien, llámame cuando llegues a casa y así ya quedamos mañana para ir a comprarle ropita.

El médico había sido claro. El tumor estaba en un estado avanzado y había comenzado a extenderse por otros órganos. Tenía que elegir: o interrumpía el embarazo para poder comenzar con la quimioterapia o  seguía adelante a riesgo de no llegar a tiempo de salvarse. El teléfono sonaba de nuevo.

– Cariño, ¿Todo bien? ¿ya te han dicho que va a ser? Perdóname que no haya podido acompañarte. Ya sé qué esta ecografía era importante, pero sabes que tengo mucho lio en la oficina y mi jefe no deja de presionarme.

– No te preocupes cielo, ya lo sé- dijo Diana intentando reprimir sus lágrimas al oír la voz de su marido. Quería gritar y echarle en cara que no estuviese allí con ella. Pero tenía que mantenerse lo más entera posible -Todo bien. Es niña.

-¡Niña!¡voy a tener una hija! Estoy deseando llegar a casa para celebrarlo. Te dejo cariño que hay mucho jaleo por aquí. Un beso.

-Un beso cie…- el teléfono se cortó antes de que Diana pudiera acabar la frase.

¡Tenía tantas ganas de ser madre! Era consciente de que ya no era una cría, que cuanto más tiempo pasara, menos oportunidades tendría de cumplir su sueño. Entonces conoció a Carlos. Enseguida se casaron y Diana se quedó embarazada. Ahora estaba allí, sola, en medio de alguna vieja calle del centro de Madrid que no podía identificar. Con un montón de papeles que no entendía, pero que la pedían que eligiera entre su bebé y ella.

Si decidía abortar, tendría opciones de salvar su  vida, pero renunciaría a su sueño de ser madre. Si decidía tener el bebé, cumpliría su deseo de ser madre pero no viviría para poder disfrutarlo. Todo se resumía en elegir entre la vida y la muerte, pero… ¿Qué vida? ¿Qué muerte?

Sin darse cuenta, llegó hasta la Plaza de Neptuno. Una excursión escolar paso a su lado en dirección al Museo del Prado. De repente sintió náuseas y un fuerte mareo. Entró en Starbucks, pidió un café con mucho azúcar y se sentó en una pequeña mesita junto al escaparate. Tenía mucho frío. Por primera vez en toda la tarde, fue consciente de que tenía las manos congeladas y que no llevaba puesto el abrigo. No le importó.

Llegó la hora del cierre y el camarero que le había atendido salió de la barra para informarle, educadamente, que debía marcharse. Diana salió del establecimiento y continuó bajando el Paseo del Prado. Sabía que debía  volver a casa, Carlos le estaría esperando, así que al llegar a Atocha entró en el metro. Una vez en el vagón, miró a un lado y a otro en busca de un asiento libre, pero no había, así que resignada se apoyó en las puertas del tren. Aun no era demasiado evidente el embarazo, la tripa no le había crecido lo suficiente para que la gente se diera cuenta de su estado y le cediera el asiento. Una mujer mayor, quizás de la edad de su madre, se levantó y le pidió que se sentara en su sitio:

-Tranquila yo me bajo ya y creo que tú lo necesitas más que yo hija. Pareces cansada. Y no te preocupes, alegra esa cara. Serás una madre estupenda- le dijo guiñándole un ojo.

“Serás un madre estupenda”. Aquellas palabras resonaron en su cabeza durante todo el camino.

Había pasado la medianoche cuando abrió la puerta de su casa. Carlos salió a su encuentro hecho una furia:

-¿Se puede saber dónde estabas? Llevo dos horas llamándote. Podías al menos mandarme un mensaje para decir que llegabas tarde.  No sabes lo preocupado que me tenías. Y a tu madre, que tampoco conseguía localizarte- Diana le sonríe y le acaricia la cara- ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Por qué sonríes?

-Emma. Se llamará Emma.

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