Desesperación… Alivio

            Como un murmullo oigo ese sonido de fondo. Pum, pum, chin, pum, pum. Él está en la habitación, aporreando aquella maldita batería que yo le había regalado por su cumpleaños. Ya no me molesta aquel sonido, ha pasado a ser un simple recuerdo más en mi memoria. Paso a su lado, no me oye, no me mira. Le digo que voy a darme una ducha, ni siquiera se quita los cascos para intentar entenderme.Bateria

            Entro en el baño, cierro la puerta y me desnudo lentamente. Ya no puedo soportarlo más. Me meto en la bañera, enciendo el grifo y dejo que el agua hirviendo queme mi piel. Entonces empiezo a sentirme pequeña, muy pequeña. Me fallan las piernas, una tremenda angustia invade mi cuerpo y me dejo caer en el suelo de la bañera. Las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos, primero tímidamente, después con más fuerza mientras soy consciente de lo que estoy viviendo, y lo que es peor, de lo que me espera si no le pongo remedio. Estos momentos en la ducha son mi única salvación, el sonido del agua esconde la furia de mis lágrimas, el terror de mis lamentos sordos. Allí me siento segura porque se que él no puede escucharme, no puede herirme. El baño es mi refugio dentro de esta fortaleza en la que me encuentro presa.

          Nunca me ha puesto una mano encima, nunca ha dejado una señal en mi piel. Pero sus palabras hieren más que los golpes, su desprecio y sus insultos me debilitan mentalmente y consiguen convertirme en una marioneta, incapaz de pensar o actuar por mí misma.

            Ya llevo 15 minutos en la ducha, debo salir o tendré que volver a enfrentarme a sus gritos y reproches. Con el tiempo he aprendido a ocultar todos los signos de miedo y  tristeza. Seco mis ojos con cuidado, intentando disimular la hinchazón para no dejar rastro de mi desesperación. Mientras me pongo aquel horroroso pijama que tanto le gusta, ensayo mi sonrisa en el espejo, cada vez menos natural, cada vez más triste, antes de abrir esa puerta que me devolverá de nuevo a la realidad. Regreso a la habitación y le pregunto que le apetece que le prepare para cenar -Pastel de patata- me dice. Es tarde, el día en el trabajo ha sido duro y estoy cansada, pero él quiere pastel. Saco fuerzas y me pongo a prepararle aquella receta que me enseñó mi abuela y que me sale tan rica.

            Tras un rato cocinando, le sirvo la cena mientras él bebe una cerveza frente al televisor -Esta soso, le falta queso y la patata se te ha quedado dura- No, ya no puedo soportarlo más. Me tiembla la mano, mezcla de rabia, miedo y cansancio, y el tenedor se me cae al suelo. “Joder, pero que torpe eres, tienes las manos de mantequilla. Menos mal que eres guapa, por que cuando se hizo el reparto a tí no te toco la inteligencia”. Se acabó, no puedo más. Me voy a la cama deseando que acabe la noche, que por supuesto, me paso en vela pensando como acabar con este infierno.

            Por la mañana me levanto y salgo de casa como si fuese un día normal, pero en vez de coger el camino al metro me siento en un banco del parque. Llamo al trabajo para decir que estoy enferma, que no podré ir hoy a trabajar. Espero allí sentada hasta que veo salir su coche del garaje. Tras un tiempo prudencial me levanto del banco y camino de nuevo hacia el portal, serenamente, con un sentimiento de valentía que creía desaparecido, sabiéndome cada vez más cerca de la libertad. Entro en la casa y saco dos maletas del altillo, comienzo a llenarlas con todo aquello que creo indispensable. Cojo papel y bolígrafo y escribo una nota que dejo encima de la batería: “No me escribas, no me busques, quiero ser feliz. Deseo que tu también puedas serlo, aunque te aseguro que no será junto a mi”. Dejo las llaves en la mesa roja de la entrada, y salgo por la puerta sin mirar atrás.

            Ahora soy feliz.  Subo al desván para sacar mi vieja maleta, aquella maleta roja que  hace 7 meses contuvo todos mis deseos de una vida mejor. La abro con la ilusión de llenarla de nuevo. Cuando introduzco la mano encuentro algo en su interior, algo que en un principio no reconozco. Tras mirarlo un segundo,  me doy cuenta que es una baqueta quebrada en dos. Mi primer instinto es tirarla a la basura y continuar llenando mi maleta como si nada hubiera pasado. Pero se que no puedo hacerlo, a pesar de todo, se lo debo, me lo debo.

            Meto la malograda baqueta en una cajita y me dispongo a salir a la calle. Después de un rato caminando me planto frente a su casa, aquella casa que un día me hubiese gustado llamar hogar. Toco el timbre, la puerta se abre y allí esta él. Sigue teniendo ese halo de seguridad que le caracteriza y ese gesto soberbio en su cara, pero esta distinto. En su rostro han comenzado a salir pequeñas arrugas, y las canas han poblado casi por completo su cabeza, parece cansado y esta muy pálido. Me mira sorprendido y algo confuso, pero no dice nada. Entonces le tiendo la caja, la abre y saca una de las mitades de la baqueta. Me mira con los ojos llenos de lágrimas, -Gracias, es justo lo que necesitaba- No hace falta nada más, ahora si, todo acabó.

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