With a little help

What do I do when my love is away

(Does it worry you to be alone?)

How do I feel by the end of the day,

(are you sad because your on your own?)…(1)

La voz de Joe Cocker cerrando su actuación en Woodstock resonaba a través del televisor en el salón de la casa de los Sullivan. Se cumplía el 4º aniversario de aquel fin de semana que marcó la vida de toda una generación.

– ¡Qué vergüenza! Esos hippies son todos una panda de degenerados y drogadictos. No entiendo como Nixon permitió que se celebrara esa aberración- La Sra. Sullivan, con su vestido azul de los domingos y su pelo cardado, servía el desayuno a sus tres hijos: Michael, Lucas y Sally. Mientras, en el sillón de skay del otro extremo de la habitación, Henry, leía el periódico antes de salir hacía la iglesia para oficiar el culto dominical. El señor Sullivan era el pastor de la iglesia protestante de aquel pueblecito a las afueras de Memphis.

– Lo que me faltaba por ver. Escucha esto querida: “El Tribunal Supremo de los EEUU da la razón a las abogadas Linda Coffee y Sarah Weddington en el Caso Roe vs Wade. Esta decisión obligará a modificar todas las leyes federales que proscriban o restrinjan el aborto”

Sally miraba fijamente el suelo enmoquetado. “Leyes”, “proscriban”, “aborto”, aquellas tres palabras que acaba de pronunciar su padre retumbaban en su cabeza. A pesar de las voces que se oían a su alrededor, ella ya no podía escuchar más que murmullos lejanos. Tenía 15 años y estaba embarazada. Nadie lo sabía, nadie. Y nadie podía saberlo nunca. Era consciente de que no debió dejarse llevar aquella noche, pero Matt Lisbon le gustaba demasiado como para negarse a hacer lo que le dijera. Sus padres nunca se lo perdonarían, esa noticia supondría una mancha en la impecable reputación de la familia y un escándalo en la vecindad. Ser la hija del reverendo no era algo sencillo.

La joven fingió encontrarse indispuesta para evitar acompañar a su familia aquel domingo al oficio religioso. Cuando los Sullivan salieron por la puerta, Sally cogió el periódico de su padre para leer detenidamente aquel artículo. No entendía de leyes, era demasiado joven para eso, pero lo que sí tenía claro es que lo que estaba escrito en aquel trozo de papel acababa de darle un vuelco a su vida.

El aborto ya era legal en Estados Unidos. No tenía mucho tiempo, la tripa ya estaba creciendo y enseguida la gente comenzaría a sospechar. Debía actuar rápido, tomar una decisión. Subió corriendo a su cuarto y cogió algo de ropa, un cepillo de dientes y a la Sra. Pot, su muñeca de la infancia. Bajó las escaleras tan rápido como las había subido y se dirigió a la cocina. Metió en un trapo unas cuantas galletas de jengibre que acababa de hornear su madre, estaban calientes y olían muy bien. Esa sensación la

reconfortó y la asustó a partes iguales. ¿Qué estaba haciendo? No sabía adónde ir ni a quién acudir. Pero sabía que tenía que marcharse de allí.

Entró en el salón y abrió el mueble-bar donde su padre guardaba la colección de botellas de Bourbon. Sabía que allí, en una caja de latón, Henry guardaba algo de dinero. Cogió todos los billetes que encontró, que por desgracia, en aquel momento no eran demasiados, y los metió en un bolsillo de sus vaqueros.

No miró atrás. Salió de la casa y atravesó las calles del pueblo hasta desembocar en la gasolinera que enlaza con la interestatal 40. A esas horas no pasaban muchos coches por allí.

Hacía calor. Caminó por el margen de la carretera largo rato, estaba cansada, las piernas le fallaban y la vista se le nublaba. No había nada a su alrededor. Carretera y desierto, eran las únicas imágenes que alcanzaban a ver sus ojos.

Se detuvo para descansar un instante cuando el sonido de un claxon la sacó de sus pensamientos. Un Cadillac celeste se detuvo a su lado. El conductor bajó la ventanilla. Un hombre de unos cuarenta años, moreno, delgado y enjuto, la miraba desde el interior del vehículo mientras le echaba el humo del cigarrillo en la cara.

-¿Te has perdido pelirroja?- Dijo con un tono que navegaba entre la sorna y el deseo- ¿Te llevo a algún sitio?

-¿Le importaría llevarme a Austin? Por favor.

– Claro guapa, sube- abrió la puerta del copiloto e hizo un ademán algo chulesco invitándole a entrar- yo te llevo a donde tú quieras.

No le gustaba aquel tipo, pero ¿qué más opciones tenía? Mientras rodeaba el coche para llegar hasta la puerta, agarró el crucifijo que colgaba de su cuello y tras santiguarse le dio un beso. El viejo Cadillac se puso en marcha dejando atrás una nube de polvo.

1. With a little help from my friends- Joe Cocker. (Woodstock, 17/08/1969)

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